Segundo Acto: Toribio Valladares.

 

El hombre del millón de dólares.

Segundo Acto.

Toribio Valladares.

Toribio fue adoptado a los dos meses por la familia Valladares, una pareja joven formada por Lourdes y Matías, el ultimo era un acaudalado empresario, dueño de múltiples fabricas cuyos productos se distribuían por todo el país. Lourdes podía ser madre naturalmente, pero Matías debido a un problema genético no podía embarazarla.

Ambos quedaron encantados por la inteligencia de Toribio, mientras los demás niños jugaban él se la pasaba escribiendo en una esquina, ellos le preguntaban de que escribía y él les contaba historias fantasiosas pero con estructuras en cuanto a los personajes que era raro que un niño de 10 años pudiera crear. Viendo potencial en el firmaron los papeles de adopción.

Pronto, Toribio tenía un asiento en el colegio más caro de Buenos Aires, en la zona de Nordelta llamado Northlands . Hijos de políticos, artistas galardonados, y empresarios asistían al colegio. Y Toribio no sería la excepción, al menos eso decía Matías.

Al entrar al lugar, Toribio sabía que lo harían a menos por ser adoptado, pero en cuando dijo el apellido Valladares se volvió uno más de los niños. Pero no hizo ningún amigo, ni conversaba con las profesoras.

Matías y Lourdes creían que simplemente el niño era así, solitario y reservado, quizás una consecuencia de su inteligencia. Y es que el niño no tuvo ningún problema en seguir las asignaturas.

Frances.

Matemáticas.

Ingles.

Literatura.

Geografía.

Toribio sabia donde quedaban las montañas rocosas en Estados Unidos ,leer libros de Julio Verne en francés, y quien había sido el autor F. Scott.  Fitzgerald.

Los años pasaron, el niño avanzaba por el sistema educativo con pasos firmes, su librero se llenaba de clásicos de literatura, tenía un enorme globo terráqueo en su escritorio con pegatinas en los lugares que él quería visitar. Matías ya lo llevaba a las fabricas con él para enseñarle el negocio. Y su madre se encargaba de llenarlo de abrazos, y de historias de su infancia.

Sin embargo, Lourdes, al verlo dibujar en casa con su cuaderno de bosquejos  sabía que lo que el niño había vivido antes de llegar a sus brazos era algo que ella nunca podría comprender. Su hijo dibujaba siempre a la misma niña, quien parecía perdida eternamente en los diez años. Cabellos rubios llegando a blanco, enormes ojos azules con manchas verdes. Los cuales el muchacho de pelo castaño dibujaba con tanta dedicación que parecían escaparse del papel y llegar al mundo real.

Lourdes no se atrevía a preguntar quién era, a diferencia de su esposo no creía que fuera uno de sus personajes. Esa niña era alguien que había marcado la vida de su hijo.

Lourdes Valladares  le pregunto a varios curas  del orfanato sobre el origen de Toribio, ninguno supo responderle. Todos desviaban la mirada, y le decían que ellos solo se ocupaban de que tuvieran un buen futuro.

Su esposo le dijo que dejara de hacer preguntas, porque podría encontrarse con  algo doloroso. Lourdes le temía a lo desconocido, así que se llamo al silencio.

***

Lucero caminaba por la mansión “Placeres del mar”  con el camisón manchado de sangre, y los ojos hinchados de tanto llorar.  Dolores había golpeado su estómago con el bastón al menos ocho veces, matando él  bebe que había hinchado levemente su panza. Gritando que no cuidaría nunca más los hijos de nadie.

Su cabello rubio antes brilloso y largo ahora solo llegaba hasta sus hombros, y estaba pajoso. Sus ojos azules con manchas verdes ahora eran grises, perdidos en un mundo que ya no podía protegerla del real.

—Vamos a bañarte—Dijo una de las mucamas, tapándola con una bata y llevándola hasta el baño, llenaron la bañera y la desvistieron, Lucero ni se preocupó de taparse, la empujaron hasta que cayó en el agua.

Hundida en el fondo del mar, la muchacha de tan solo 21 años choco contra la arena, la sangre se perdió en la oscuridad , tapo su cara con sus manos y abrió sus ojos encontrándose con el silencio de la oscuridad. Cuando no aguanto más nado hacia la superficie y abrió sus ojos.

—Como nueva—Dijo la mucama, colocando una toalla a su alrededor, la muchacha rubia simplemente sonrió.

Una de las empleadas le había enseñado a escribir su nombre en el papel higiénico del baño.

L-u-c-e-r-o.

La joven sabía que era mentira, pero la mujer le había dicho que significaba que ella era la luz que guiaba los barcos a la costa, y evitaba que se perdieran en el mar.

Sonaba lindo, pero Lucero sabía que era mentira. No podía guiarse a sí misma para escapar del prostíbulo, solo guiaba a los hombres a los orgasmos.

Pero lo que más odiaba de  toda su situación  era a Lucas. Un peón de una de las tierras más fructíferas de Buenos Aires, quien se creía el hombre más importante de la provincia. Lucero podía ver el engaño en sus ojos cada vez que él le pedía que se casara con él. Pero ella veía la verdad, un hombre con sobrepeso, perdido en su propia fantasía donde se creía  un caballero, a pesar de que todos lo hacían a menos al verlo como realmente es. Un idiota. Ella prefería quedarse eternamente en el prostíbulo , que vivir para complacerlo a él.

Lucas, venia todos los viernes, juntaba todo su sueldo semanal y lo ponía frente a Dolores para pagar una noche entera de Lucero. Quien solo podía caminar hacia uno de los cuartos para encontrarse con él.

A veces soñaba con ahorcarlo, otras que tomaba  una botella de whisky y luego de romperá la clavaba en uno de los pechos grasosos del hombre.

Pero todos eran sueños, simplemente podía acostarse y permitir que el hombre entrara en ella como un huracán, sin piedad. Ella miraba el techo y contaba hasta cien.

Hoy era viernes, Dolores ordeno a las mucamas que vistieran a Lucero con un vestido rojo escotado, y pusieran una corona de perlas huecas en su cabeza.

La muchacha rubia caminaba por el salón de la mansión, los ojos de todos los hombres clavados en ella, ninguno podía pagar lo que Dolores cobraba por Lucero, pero al menos podían admirarla. La rubia esperaba que Lucas llegara para poder terminar con la tortura de esa noche de una vez por todas.

Sin embargo, en un momento un hombre entrajado levanto un cheque, y los ojos de la Madame se clavaron en él. La mujer ya algo anciana camino ayudada por el bastón hasta allí y miro el cheque.

—Mi jefe me envió a buscar a Lucero.

—Lucero no sale de la mansión—Corrigió Madame Dolores, mirando fijamente al hombre de traje.

—Creo que no me entiende, aquí hay un millón de dólares, mi jefe quiere comprar a la chica.

Todas las personas en el salón se quedaron en silencio, la chica que ambas personas negociaban sentía que su corazón iba a salirse de su pecho,  su destino estaba a punto de cambiar para siempre.

Dolores arranco el cheque de la mano del hombre y empujo a lucero hacia él.

—Adiós, Lucero—Luego de que la Madame dijera esto, varios hombres del salón empezaron a quejarse, pero la mujer solo trazaba los números del cheque con sus dedos.

El hombre del traje enredo su brazo con el de Lucero y ambos salieron de la mansión “Los placeres del mar”.

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**

Flores, rojas como la sangre, sin espinas que pudieran lastimar sus dedos. Eso fue lo primero que llamo la atención de Lucero al entrar en la mansión que ahora sería su hogar. Ubicada en la zona más acaudalada de Buenos aires.

El hombre de traje de pingüino se había ido, dejándola sola en la entrada de la casa, las rosas estaban en bouquettes, en jarrones de vidrio que dejaban dibujos en el techo de vez en cuando, cada vez que las luces de los candelabros la tocaban.

El piso era de madera, y había dibujos arábicos en el mismo, la joven tenía miedo de pisarlos. El techo era tan alto que ella apenas podía distinguir lo que estaba dibujado en el mismo, ángeles volaban  y rozaba sus manos con telas que parecían estar a punto de caer sobre la muchacha.

—Mi princesa, te sacare de aquí algún día, cuando yo sea un hombre, y serás mi esposa. Perlas colgaran de tu cuello, y tendrás una corona de rosas en tu cabello, lo prometo

Dijo una voz, haciendo que los cabellos en la espalda de la rubia se erizaran. Solo pudo responder con un nombre.

—Toribio.

Y entonces el nombrado  bajo por las enormes escaleras que estaban frente  Lucero. Una persona alta, de cabello castaño peinado hacia atrás, vestía un traje lujoso  en el bolsillo de su saco una flor blanca adornaba su ser.

Sus ojos color miel tenían líneas dorabas que encandilaron a la muchacha, cuando el camino hasta estar frente a ella, Lucero estiro su mano para tocar su pecho.

—Pensaba que no volvería a verte.

—Volví por ti, princesa.

Ella no pudo evitar llorar cuando él cerro el espacio entre ambos para besarla.

Finalmente, ambos eran libres.

toribio

kiss

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