Primer acto: El baúl.

El hombre del millón de dólares.

Primer acto.

El baúl.

Se conocieron, como la mayoría de los niños conocen a todos sus amigos. En medio de travesuras. Madame  dolores le había dado a cada niño un bombón de chocolate, pero eso no había sido suficiente para ellos.

Separados, llegaron hasta la habitación de la Madame, y abrieron el enorme baúl junto a su cama, donde la señora Dolores guardaba todas sus ropas finas e importadas que los clientes le regalaban. Y allí encontraron la caja de bombones. En realidad Toribio la encontró primero, pero Lucero llego poco después y se sentó junto al niño quien inmediatamente al ver sus enormes ojos azules con manchitas verdes  le paso la caja de terciopelo.

Al abrir la caja encontraron el resto de los bombones, que fueron directo a las bocas de los niños uno a uno. Después de una hora ambos quedaron dormidos en el suelo, sus bocas marrones por el chocolate, y los labios hinchados.

Toribio tenia a Lucero en sus brazos, quien descansaba contra su pecho. Cuando la madame los encontró tuvo que controlarse para no matar a las madres de ambos niños, porque habían abierto su baúl el cual estaba fuera de límites para incluso la servidumbre. Pero al ver  que solo tomaron los chocolates simplemente suspiro.

Con su bastón dio un fuerte golpe contra el suelo, haciendo que ambos niños despertaran y al verla salieran corriendo despavoridos tomados de la mano.

La madame dolores suspiro, tiro la caja de bombones al basurero y cerro con fuerza su baúl.

El prostíbulo “Placeres del mar” era el más conocido de la provincia de Buenos Aires, y había creado la reputación de ser el mejor de su clase en toda América Latina. La llegada de los ferrocarriles había aumentado la clientela a niveles impensados, llevando el nombre del lugar a distintos lares del continente.

mansion

El prostíbulo consistía en una mansión que la señora Dolores había heredado de su padre, un antiguo hombre que tenía tierra en las afueras de la provincia ,pero un mal negocio le obligó al anciano a vender la tierra, dejando a la mujer sin dote ni futuro. Dolores sabia hablar en francés, pero no donde invertir el poco dinero que tenía. Sabia coser, pero no mantener limpia la mansión. Y entonces, la necesidad y la lujuria de los hombres la llevaron al negocio.

A sus 50 años, ya no era joven y bonita, los hombres ya no estaban interesados en su cuerpo, pero si en el de las mujeres que se paseaban en camisón por la mansión.

Madame Dolores estaba a cargo de más de 25 mujeres de menos de 20 años, pero lo que preocupaba a la nombrada ahora era Toribio y Lucero.

Ambos hijos de dos de las trabajadoras del prostíbulo, Lucero era hija de un comerciante sueco, quien al apenas llegar al orgasmo ni se había molestado en pagar, así que Dolores mando a un par de hombres a que le cortaran el dedo para que aprendiera su lección.

Toribio era hijo del carnicero que una vez al mes se pasaba por el prostíbulo para calmar sus demonios, ya que su mujer , mayor  que él, no tenía tiempo para él luego de haber parido siete hijos.

Toribio no tenía futuro en el prostíbulo, ni siquiera como matón. A sus seis años, era el niño más débil que la mujer había visto. Demasiado bajo para su edad, podía verle los huesos de su estómago. Dolores ya podía imaginar como seria de adulto, un flacucho con cabello enrulado, ojitos negros y sonrisa fácil. No intimidaría ni a una oveja.

Pero Lucero…ella tendría un gran futuro, a sus seis años, tenía un cabello rubio casi blanco hasta la cintura, ojitos azules con pestañas largas, un lunar cerca de la comisura de su boca, y una naricita respingada. Y solo tenía 6 años,  pero Dolores ya podía imaginarla como la mujer más hermosa de Buenos Aires. Y sería una de las damas de su prostíbulo. No iba a dejarla ir. Y conociendo a la madre de Lucero, no tendría problemas en mantenerla en la mansión.

La señora de la casa sabía que muchos pensarían que ella era el demonio en persona, que sus métodos para mantener a sus empleadas enganchadas en el negocio era inhumano. Pero no le importaba, las mujeres llegaban sin que ella moviera un dedo a su casa. La policía no decía nada, porque ellos eran los principales clientes, y los que menos pagaban. Los hombres de color estaban contentos con poder trabajar como músicos y meseros sin que nadie los golpeara al final del día.

“Lucero no tiene futuro fuera de aquí. Es ser una de mis damas o mendigar en la calle. “Penso la señora, para luego salir de la habitación, para encontrarse con sus empeladas correteando por los pasillos.

No tardó mucho en encontrar a la madre de Lucero, en uno de los baños de la mansión, líneas blancas en la tapa del inodoro y un billete que seguro alguno de los clientes le había dado.

***

Cuatro años pasaron con rapidez por la mansión, Toribio y Lucero eran inseparables, creciendo juntos a través de las estaciones. Se juraban promesas debajo del sauce en el patio de la mansión, mientras sus madres se pasaban por el pueblo con listones en sus cabellos marcando su status en el prostíbulo.

Pero también con el pasar de los años la consciencia de donde estaban golpeaba sus mentes. Toribio veía a los hombres llevar a las mujeres a los cuartos, y salir al amanecer con sonrisas en sus rostros, mientras las damas quedaban desnudas y llenas de moretones en la cama, hasta que mucamas limpiaban todo y las llevaban a los baños.

Los hombres entraban y salían, pero las mujeres nunca abandonaban la mansion. Y así, Toribio se dio cuenta que Lucero estaba en peligro.

—Mi princesa, te sacare de aquí algún día, cuando yo sea un hombre, y serás mi esposa. Perlas colgaran de tu cuello, y tendrás una corona de rosas en tu cabello, lo prometo—Murmuró el niño, Lucero sonrió y lo abrazo besando la mejilla del chico y refugiándose en su pecho.

Lucero vivía en su mundo de fantasía, su madre la golpeaba cuando la veía, los ojos de la mujer oscuros de odio, al recordar la marca en su estómago que todos sus clientes aborrecían. Y el recuerdo de aquel ángel rubio que le prometió el cielo y la dejo en el infierno.

Así que la niña  solo veía a Toribio, sus orbes miel y  juegos donde ella era la princesa y él el guerrero que la rescataba de las quimeras que querían comerla.

Madame Dolores los veía de lejos, su bastón dando golpecitos contra el pasto del patio, el tiempo había pasado, los clientes querían mujeres vírgenes, y el dinero era algo que ella no podía rechazar. Pero Toribio estaba en el medio, sabía que el niño armaría un escándalo. Tenía que sacarlo.

Se dio media vuelta para internarse en la mansión, subió las escaleras hasta llegar al cuarto donde la madre de Toribio se encontraba, la mujer estaba en el piso, mirando  de cerca un rosario que un cura le había dado la noche anterior, tenía cristales donde cristo yacía en la cruz.

—Leticia—dijo Dolores, y al escuchar su nombre la muchacha escondió el rosario debajo de su regazo.

—Puedo explicarlo, señora…

—Ese rosario, por la vida de tu hijo.

—¿Cómo? —Pregunto la joven, levantándose, mostrando los moretones en sus brazos, y el rosario colgando entre sus dedos.

—¿Quieres el rosario? Dame a tu hijo.

La mujer vio el rosario entre sus dedos, los vidrios hipnotizándola, hace tiempo que no creía en Dios. Pero quizás él podría ayudarla a escapar, pero no podría hacerlo con toribio en su espalda.

—Está bien.

Dolores sonrió,  y con esta grabada en su rostro salió de la habitación para subir los escalones que la llevaron a sus aposentos. Allí levanto el teléfono, pidiéndole a la operadora que la comunicara con el cura Octavio.

**

Lo llevaron mientras dormía, uno de los curas lo levanto y lo llevo en sus brazos a través de las calles de tierra, hasta el orfanato que quedaba al otro lado de la ciudad.

Cuando Toribio despertó, tres niños lo miraban de forma curiosa llenándolo de preguntas, pero él solo pudo llorar. Porque no reconocía el lugar, porque le había prometido a Lucero  que le compraría un  chupetín cuando saliera a hacer las compras para la cocinera de la mansión.

Los curas le pedían que rezara por sus pecados, pero él solo rezaba por Lucero. Los curas le pedían que escribiera frases de la biblia, él solo escribía sobre Lucero.

**

La vistieron de blanco, compraron un tul barato y lo cocieron a una corona de flores que colocaron sobre su cabello suelto, una de las mucamas recomendó atarlo en una trenza, pero Dolores les ordeno que lo dejaran suelto.

La dejaron sin ropa interior, y en sus pies colocaron zapatos de tacón color perla, en los cuales ella no podía caminar, pero la madame le dijo que no se preocupara no daría ni un paso en ellos.

Antes de que se diera cuenta, Lucero estaba viendo a través del tul una multitud de hombres en el patio de la mansión, todos mirándola de pies a cabeza.

Gritaban cifras, levantaban joyas y Dolores reia.

Las risas eran tan fuertes que la dejaron sorda, se sentía ligera como si su alma se escapara de su cuerpo, en un momento cerro sus ojos, y cuando volvió a abrirlos el tul ya no estaba, encima de ella había un anciano quien sonio al ver que los ojos de ambos se encontraron.

Su sexo se abrió a la fuerza, de un golpe que la dejo sin aire, y un grito se escapó de sus labios, pero pronto le taparon la boca, y ella solo podía mirar al techo, y escuchar el chirrido de la cama.

Lucero no volvió a hablar después de aquella noche, a pesar de que las demás mujeres de la mansión le hacían preguntas sobre su primera vez, ella miraba las paredes y las cucarachas que corrían por ellas.

Dolores logro poner electricidad en la mansión con lo que le pagaron por la virginidad de la niña.

babygirl

 

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