La reina que nació sin corazón.

 

Murmuran voces por los callejones del reino, que la princesa Artemisa nació sin corazón. Que vino al mundo llorando, pero que en su pecho había un hueco oscuro donde debería yacer su corazón. Y que por eso, cuando ascendió al trono lo hizo sin esposo.

Que debido a la ausencia de aquel órgano, ningún hombre ya fuera de la realeza o un simple plebeyo podía dormir en su cama. La preocupación del pueblo por la vida amorosa de la reina Artemisa creció con el pasar de los años.

Su reinado fructífero en cuanto economía, y relaciones políticas no lo era en cuanto a herederos. Las demás reinas de otros lares llegaban a tener cinco hijos junto a sus esposos. Pero el vientre de Artemisa seguía manteniéndose plano.

Todos los domingos la reina caminaba por su reino, único en su excelencia tecnológica y producción nacional. Casi no había vagabundos dando vueltas sin destino, y los agricultores podían vender sus productos con facilidad ya que no había productos de otros lares que compitieran con ellos, al menos no en calidad.

En estas caminatas todos los súbditos se arrodillaban al verla pasar, con sus vestidos de dolor carmín, joyas doradas adornando sus uñas largas de colores extravagantes, y diamantes rodeando su cuello y deslizándose por su pecho. Ahí es donde todos miraban, el pecho de Artemisa. Esperando ver a través de las ropas su hueco oscuro.

Y es que los rumores no se detenían solamente ahí, era casi una leyenda viviente. Que una hechicera al ver el futuro de la reina, la maldijo para que no pudiera enamorarse y engendrar un heredero.

Artemisa mantenía sus ojos claros siempre clavados en  lo alto de las murallas de su reino, ignorando los  miles de ojos clavados como dagas en su figura, y el vacío en su estómago.

A sus treinta años, estos eran los únicos momentos donde podía admirar su obra de arte desde cerca. Los puestos de los vendedores sonrientes al saber que podían alimentar a sus hijos, los niños corriendo cerca de ella limpios y con comida en sus estómagos. Las mujeres que lloraban en agradecimiento a sus pies.

Había dedicado su vida a su reino,  en hacerlo crecer en formas que ni su padre había imaginado, en mantener la paz con los reinos de los alrededores que solo podían verla crecer boquiabiertos.

Pero el fin inminente yacía sobre su cabeza, como si la mano de la muerte acariciara su coronilla. Por eso, cuando volvía a sus aposentos, les ordenaba a su corte que la dejara sola. Luego de asegurarse que nadie estuviera escuchándola detrás de las paredes se desvestía. Desanudando el corseé, dejando caer su fada, desenredando su cabello en las eternas trenzas que habían tardado horas en hacer sus empleadas, y finalmente dejaba caer su camisón.

Lentamente caminaba hacia el enorme espejo que estaba tapado por una manta que ella misma colocaba todos los días después de vestirse, la corrió con sus manos  dejándola caer al suelo.

Y miro su pecho.

Allí donde debía estar su corazón, una monstruosa marca atravesaba todo su seno izquierdo. Suspiro acariciando la línea roja esperando escuchar un latido, pero solo encontró silencio.

***

Una vez al año, los mejores cazadores del reino y alrededores se reunían frente a la reina Artemisa para la competición del venado blanco. Artemisa al verlos todos arrodillados frente a ella pasaba frente a cada uno colocando alrededor de sus cuellos una cinta roja con un silbato de oro.

Sin embargo, cuando estaba por entregar el ultimo silbato, el cazador levanto la mirada. Ojos verdes se encontraron con los azules de Artemisa, y ella no pudo evitar sonreír ante la insolencia del cazador. Inmediatamente uno de los guardias quiso intervenir pero ella levanto su mano sus uñas largas casi brillando por su filo.

—Espero que sepa comportarse, señor Daeguer—Dijo ella para luego volver a su trono.

—No prometo nada su alteza—Respondió él, Artemisa sonrió en secreto antes de sentarse y volver a mirar hacia el frente con su temple seria.

Corriendo, los cazadores fueron a subirse a los caballos con sus armas en una mano, para llegar hasta el principio del bosque donde ya tendrían que internarse a pie.

—¿Qué puedes decirme del señor Daeguer?—Pregunto Artemisa, sin despegar sus ojos de la espalda del hombre que montaba el caballo con naturaleza.

Una de las mujeres de su corte, sorprendida aprovecho su oportunidad y se acerco para murmurar en su oído.

—Su nombre es Einar, hijo de sir Lenan, su familia es muy adinerada. Son empresarios muy reconocidos.

—¿Esta casado? —La mujer se sorprendió ante la pregunta de su reina, pero sonriente respondió.

—No, mi reina.

Al final de la jornada, cuando Einar le entrego el primer siervo blanco muerto a sus pies, ella sonrió, sabiendo que ese hombre seria su esposo.

**

Los rumores volaban como pájaros por el reino , sus cantos y gorgojeos llenando de felicidad y paz a sus sujetos. Y es que todos sabían quién era Einar Daeguer, el hombre que había resucitado el muerto corazón de la reina Artemisa.

Juntos, la reina y el futuro rey caminaban por los jardines del castillo, discutiendo política hasta temas triviales como el tiempo. Juntos bailaban bajo las atentas miradas de la nobleza del reino. Quienes se peleaban por decir que ellos había sido los que descubrieron el romance

Einar pronto se volvió una cara conocida en el castillo, las empleadas reían al verlo, y el sequito de la reina hacia un simple gesto con la cabeza reconociendo su posición beneficiosa ante los ojos de Artemisa.

Einar siempre respondía con una sonrisa coqueta, todo iba bien hasta que una de las mujeres nobles del sequito respondió la sonrisa.

El corazón muerto de Artemisa estaba latiendo, levemente, muy pausadamente pero ella podía sentirlo. El calor en su pecho y en su sexo, despertando y pidiendo atención.

Fue una noche, mientras todos en el castillo dormían, que ella incapaz de conciliarse con Morfeo, sabiendo que todos sus sueños pertenecían a Einar, deicidio caminar por los pasillos.

Y cuando llegó a los aposentos de su sequito, los escucho ,gemidos, sonidos de pieles chocando y nombres susurrados.

Einar y una de las mujeres que servía a Artemisa. Unidos en carne, y jurándose amor eterno.

Con su pequeño corazón roto se dejo caer en el suelo, haciendo un ruido seco que hizo que los amantes se separaran, y al verla se levantaron de la cama tapando sus cuerpos con las sabanas.

—M-mi reina—Dijo la mujer, con lágrimas en los ojos.

—Arte…—Empezó Einar, pero la reina levanto su mano mirándolo fijamente a los ojos. —No te atrevas a decir mi nombre—Ordeno ella.

Sola, Artemisa se levanto del suelo y salió de los aposentos de los amantes.

Ser líder de un reinado exitoso, significaba tener muchos enemigos, y Artemisa no era ninguna tonta. Saco del cajón del velador su filosa navaja. La que había jurado seria para matar a uno de sus enemigos.

Camino desnuda hasta su espejo, y miro la horrible marca en su pecho, que ahora latía aceleradamente. Sin dudarlo deslizo la navaja a lo ancho y largo de su marca. Abriendo su pecho. Fríamente deslizo su mano dentro de su pecho hasta que rodeo su pequeño corazón con su mano.

Y así lo arranco de su pecho.

“Nadie podrá lastimarme ahora. “Pensó con una sonrisa, al ver al corazoncito en su mano.

Desnuda, ensangrentada, y con el corazón muerto, la reina sin corazón perdió la consciencia. Su cuerpo impactando contra el suelo, el órgano se escapó de su mano, rodando hasta una esquina de la habitación.

No había parado de latir por Einar.

 

 

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