Pablo y Justina tuvieron una hija.

 

La llamaron Desire , su madre amaba el inglés y quería que su nombre representara todos sus deseos de ser madre, así que ¿Por qué no llamarla Desire?

Pero su esposo nunca lograba pronunciarlo así que la llamaba Desiré, lo que causaba muchos problemas en la pareja, porque la identidad de Desire estaba en juego constantemente.

Desiré.

Desire.

Dos personas totalmente distintas en el cuerpo de una beba, que antes del año ya caminaba. Desiré llevaba su cabello rubio en dos trenzas con moños rosados, su color favorito. Saltaba la rayuela inventando historias sin sentido como si fuera el mismo Cortázar.

Desire estudiaba idiomas, sentada en la ventana de su habitación, su cabello rubio largo hecho un rodete tan fuerte que la hacia llorar al final de sus sesiones de estudios. Desire no jugaba, pintaba frutas en lienzos de tela tensa, presionaba las teclas del piano al ritmo correcto según Chaikovski lo había determinado. Se refería a sus padres como señor y señora.

Así nacieron Desire y Desiré. Juntas, pero perdidas en diferentes partes de la misma casa. Pablo odiaba a Desire, odiaba verla encerrada en su habitación tocando piezas de Mozart una y otra vez hasta llegar a la perfección. Cuando caminaba cerca de él parecía una muñeca de porcelana, y los ojos orgullosos de Justina le daban asco, había creado a la hija perfecta.

Justina tapaba su boca al ver a Desiré jugando en el patio, sus dedos llenos de barro al hacer pasteles , sus trenzas que se desarmaban de tanto saltar ,listones tirados en el suelo. Su padre alzándola en el aire haciendo que ella rompiera en rizas sin ritmo melódico. Todo imperfecto y sin sentido.

Ella no podía creer como su obra maestra quedaba destruida tan solo en un par de segundos.

Desire.

Desiré.

Desiré

Desire.

Ella era ambas, y ninguna a la vez. Y con el pasar de los años, si bien el matrimonio de sus padres continuaba cada vez era peor. Las peleas sobre Desire y Desiré se volvían cada vez mas verbalmente violentas. Hasta el punto de que para no verse vivían en pisos distintos de la casa. Solo se encontraban para comer o hablar sobre las niñas.

Desiré tenía 16 la primera vez que hablo con Desire. Estaba en su cuarto a punto de vestirse, miraba el reflejo de su cuerpo desnudo en el espejo cuando la vio. Estaba acostumbrada a ver a Desire en el espejo, pero no a la marca en el muslo de su pierna.

Me corte con el filo del sacapuntas.

Cuando Desiré levanto la vista, Desire estaba mirando para otro lado. Como si no le diera importancia a la autoflagelación del cuerpo que ambas compartían.

Desiré era feliz, a su forma, pero lo era. Disfrutaba de charlar con sus compañeras del colegio, de ver a los chicos caminar y reír cuando su mirada se cruzaba con la de ellos.

Pero Desire no. Ella no socializaba, ni siquiera cuando estaba en el instituto de música, o en la clase de dibujo. Nunca hablaba, solo con su madre cuando ella le armaba el enorme rodete lleno de trabitas invisibles que se clavaban en su cabeza.

Desiré empezó a sentir miedo cuando en la clase de gimnasia al ponerse los shorts para correr las marcas llegaban hasta sus rodillas. Desire no estaba bien. Y aunque no sentía el dolor de la otra, las marcas quedaban en el cuerpo de ambas.

Desire amaba el dolor, cada vez que volvía de sus clases se sentaba frente a su escritorio, tomaba una de las trabas en su cabella, sacando la goma que evitaba que estas rasparan su cuero cabelludo. Y la pasaba por sus muslos, cada choque de nervios llegaba a su cerebro liberando endorfinas que la enloquecían.

No podía ser feliz como Desiré. Pero al menos podía sufrir en formas que ella controlaba.

Ahora las discusiones de sus padres trataban de la salud de Desire, todo giraba en torno a ella. Porque sabían que Desire no podía ser la persona que se autoflagelaba. Todos los médicos preguntaban sobre Desire, nunca sobre Desiré.

Un día, Desire y Desiré se encontraron en un espejo, otra vez. Desnudas frente a frente, ambas miraron el cuerpo de ambas, líneas rojas en sus piernas, brazos y muñecas.

Desiré tomo unas tijeras, Desire rio.

¿Qué vas a hacer con eso? Pregunto Desire.

Si yo muero, tú también mueres. Aclaro.

No lo harías. Reto el otro lado del espejo.

Con una sonrisa, la chica antes feliz dijo : Al fin puedo controlar mi vida.

El fino de la tijera se deslizo por el cuerpo de Desiré y Desire ,la sangre salió disparada por todos lados, y su cuerpo cayó al suelo haciendo un ruido que hizo saltar a sus padres en el piso de abajo.

 

 

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