Tercer acto: Duelos.

Nada te prepara para ver a un familiar dentro de un cajón de madera, con telas blancas tapando su cuerpo. Su piel de un color extraño, rostro maquillado para tapar las heridas de la muerte.

Me quede helada enfrente del cajón, y un llanto nació desde mi corazón, desesperado, una tristeza a la que estaba acostumbrada pero que ahora tenía un motivo, no era un desbalance químico, era tristeza porque el niño con el que compartí una infancia, el muchacho que me llamaba para mis cumpleaños, el que siempre me saludaba con un ¿Cómo estas, Flopi? Había muerto, no, había sido asesinado.

Y ahora está en un cajón, yo toque su mano tapada por telas, y acepte  que no iba a estrechar mi mano de vuelta.

Hay algo que deberían saber de mí, viví toda mi adolescencia y adultez con depresión. Un desbalance químico que ninguna pastilla parece poder equilibrar, fantasee con la muerte de forma egoísta, sin pensar en que mi familia lloraría por mí.

Y aquí estábamos todos, llorando por Marcos, quien había muerto antes que yo, no por elección propia, si no porque alguien más había decidido que  la vida de mi primo tenía que terminar así.

Marcos, quien amaba vivir, quien tiene un hijo, al que ya planeaba enseñarle andar en bicicleta. Estaba muerto, enfrente de mí, y yo no entendía el porqué.

Le había pedido millones de veces a Dios que me quitara la vida, pero había elegido a Marcos. Y por un segundo pensé, bueno, si cierro mis ojos quizás podemos cambiar de lugar.

Pero no, Marcos sigue muerto, y yo sigo viva.

Cali lloraba  a un costado, su piel más pálida de lo normal, ojos hinchados, su madre la sostenía en sus brazos, también llorando. Miro para el otro lado, la madre de Marcos, a quien no había visto en años estaba abrazada al cajón.

A mi lado mi madre lloraba en silencio mientras acaricia mi espalda, y pude ver en sus ojos  que estaba siendo fuerte por mí, por mi abuelo, quien había parado de llorar, pero había un peso en su espalda que nunca había visto, por mi tía Gaby que lloraba desconsoladamente.  Por mi hermano que estaba enfrente del cajón mirando a mi primo, en un estado de shock que tardo semanas en desaparecer.

Marcos amaba la vida, y yo no la aprecie , y él la perdió. Vi el dolor que la muerte causa en los que me rodean, no puedo pensar de nuevo en  suicidarme.

También entendí lo que es el odio. Una enfermedad que se expandió por todo mi cuerpo, odio hacia personas que no conocía, cuatro personas que me arrebataron a mi primo. Cuatro personas que en ese momento seguían prófugas,  y que por una motocicleta, mataron a alguien cercano a mí.

Pasamos horas entrando y saliendo de esa enorme habitación, viendo cadenas de flores rodear a Marcos, escuchar suplicas de  mi prima Lucía, y su madre,  que dolían como cuchilladas en nuestros pechos .

Al día siguiente vi el cajón ya cerrado bajar al suelo,  mi abuelo dio un discurso, que nos hizo romper en lágrimas a todos.

La vida de todos cambio para siempre.

Nuestras vidas seguían sin Marcos, pero de una forma extraña.

Los primeros días dormí sin soñar, simplemente caí desmayada en la cama. Pero días después no podía conciliar el sueño sin soñar sobre mi niñez. Y entonces mi abuelo hablo conmigo.

Sin darme cuenta mi abuelo se volvió una de las personas más importantes en mi vida, y entendí porque Marcos lo tenía como ejemplo. Pero no imagine que podría encontrar una conexión con mi primo a través de Ricardo.

Era él quien me hablaba de Marcos y sus virtudes, como él no guardaba rencor, era amable con todos, siempre quería ayudar. Amaba la vida, y la vivía sin miedo, dispuesto a caerse para levantarse todas las veces que fuera necesario.

Virtudes que yo honestamente no poseía, y que ahora estoy tratando de aplicar en mi día a día.

Mis reuniones con mi abuelo se volvieron más  seguidas, y me ayudo a aceptar que Marcos no  volvería, pero que no se había ido por completo. Sigue vivo gracias a nuestros recuerdos.

La verdad es que nadie conocía mejor a Marcos que Cali y mi abuelo. Y verlos procesar el duelo fue desgarrador. Quizás mientras escribo esto aún no termino.

Mirar fotos y llorar, cerrar las cuentas de Facebook, de los videojuegos que mi primo  jugaba, y sentir un nudo en el corazón. Caminar por la casa y evitar ver fotografías.

Ver a mi tío sostener  Valentino, y que mi abuelo no aguante las lágrimas porque no puede evitar pensar en Marcos.

Saber que no podes hacer nada, para aliviar su dolor. Solo podes acompañarlos. Esa es una de las situaciones más difíciles en la que uno puede encontrarse.

 

 

 

 

 

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