Primer acto: Infancia.

Unidos por una infancia.

Primer acto : Infancia.

Imaginen a un grupo de niños, todos unidos por un lazo irrompible. Todos ellos parecidos físicamente, pero distintos en alma. Juntos, para siempre debido a rasguños de travesuras, peluches y risas que ya no recuerdan.

Comparten una infancia, que es imborrable, que los acompañara toda su adultez. Y en la vejez querrán recordar, pero les será imposible.

Estos niños nacieron en los ’90, con pulseras coloridas, muñecos de Dragon Ball y bicicletas rojas que llenaban de calcomanías. Álbumes de figuritas que salían 1 peso cada paquete de figuritas. Competencia de carreras, guerritas de manotazos que terminaban en castigos compartidos y risas cómplices.

Este grupo de niños consiste de dos varones y tres mujeres. Marcos, Javier, Noelia, Florencia y Lucia. Todos están nombrados de mayor a menor y nacieron en San miguel de Tucumán, Argentina. Marcos, Noelia y Lucia Saéz son hermanos, primos de Javier y yo, Florencia. Marcos siempre fue el líder, quizás porque era el mayor, quizás porque su personalidad, al no ser dominante pero si aventurera hacia que todos les siguiéramos embelesados. Dispuestos a descubrir lo mismo que él. Los misterios que acechan detrás de la vida monótona.

Como yo soy la del medio siempre fui tímida y reservada. Quería seguir a mi hermano, y a mi primo , Marcos, a donde ellos me llevaran. Cualquier aventura era buena mientras no tuviera que estar sola en mi habitación, escribir y leer durante horas se volvía cansador de vez en cuando.

Pero lo mejor de mi infancia siempre fue viajar a Termas de Rio Hondo. Por lo menos una vez al mes íbamos allí con mi abuelo, en los viajes de ida siempre íbamos jugando con muñecos o molestando a mi abuelo con preguntas. No se nos hacía pesado en lo más mínimo, excepto cuando íbamos reconociendo los carteles de la ruta que indicaban que estábamos cerca.

Mi abuelo, Ricardo, tiene una casa con un hermoso patio lleno de flores y árboles, que parecen sacados de película. Nos preparaba postres de yogurt, asados, y nos dejaba andar en bicicleta por las calles en ese momento de tierra. En la tarde íbamos al lago, o al club que estaba llenos de casas rodantes y juegos para niños.

Pero las aventuras que Marcos organizaba siempre eran las mejores, el lujo del viaje. Verán, si hay algo que a mi primo no le faltaba era picardía y viveza.

A la siesta, mientras mi abuelo dormía, Marcos se le ocurrió hacer una excursión a la casa embrujada. Dicha casa estaba venida abajo, pero tiempo atrás parece haber sido una mansión, al menos en mis ojos de niña lo parecía. Que espíritus caminaban por sus pasillos, y que estas susurraban frases oscuras en nuestros oídos.

Pero marcos no tenía miedo, él iba adelante, y nosotros lo seguíamos enfilados. Mientras caminábamos a la casa ,sentía que espinas me pinchaban en los tobillos, pero no quería quedarme atrás así que acelere el paso.

Marcos nos hizo entrar por una de las ventanas rotas, y empezó a correr por los pasillos entre risas. Gritando los insultos que vagabundos habían escrito en las antiguas paredes. Javier iba detrás de él, imitándolo. Saltaban sobre las paredes rotas , al final contaban historias de terror , para asustarnos a nosotras las niñas, y después se reían al ver nuestras reacciones.

A la noche, recordaba las historias, y sentía miedo. Marcos, al ver que no podía dormir me decía que pensara en cosas bonitas, que me hicieran feliz.

Los cinco compartimos una infancia. Travesuras, risas, juguetes, e historias. Que nos unen, para siempre.

Los padres de Marcos, Noelia y Lucía se divorciaron. Pero seguimos viéndonos los fines de semana y fechas especiales.

Recuerdo especialmente una navidad, en la que me quede a dormir en la casa de mi abuelo Ricardo.

En la mañana, jugué con Noelia y Lucía debajo de una cama, habíamos puesto una sábana para crear un fuerte. Teníamos barbies, y una varita que brillaba y reproducía música cada vez que apretabas un botón. Inventábamos historias fantásticas y cantábamos. Pero después de un rato un sonido fuerte nos llamó la atención, así que salimos a la entrada de la casa.

Marcos y Javier habían puesto cohetes, que mi tío les había comprado la noche anterior, en la cerradura del portón. Los encendían y después se escondían. Nosotras nos unimos a sus juegos hasta que mis tías nos retaron y nos mandaron a jugar a otro lado.

A la tarde nos metíamos a la pileta, podíamos pasar horas adentro. Ricardo nos enseñó a nadar en esa pileta, hacíamos concursos de nado. Marcos y Javier siempre estaban cabeza a cabeza todo el tiempo. Jugábamos al voleibol, y cuando nuestro abuelo nos dejaba solo hacíamos travesuras.

Metíamos sillas en el agua para nadar debajo de las mismas, o armábamos con pulseras de luz, que nos regaló nuestra tía Gaby, anillos por los que teníamos que pasar en orden .

A la noche nuestros padres nos buscaban y nos despedíamos, aunque tiempo pasara entre cada reunión, siempre éramos un grupo unido. Y así lo fuimos hasta la adolescencia.

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