Secretos destruidos: Capítulo uno.

 

Isabela Estrella había estudiado con una semana de anticipación para el examen oral, había distribuido al resto de su grupo las partes que tenían que saber de memoria y exponer junto a ella, pero al parecer su compañera Liliana no había seguido sus explicitas indicaciones.

—Em…En el norte de argentina, el clima es….—Decía Liliana entre pausas demasiadas largas, ella, Isabela y otras tres chicas estaban enfrente de toda la clase con un poster pegado a la pizarra blanca.

Isabela rodo los ojos , se paró enfrente de su compañera y siguió narrando el texto en voz alta.

—En provincias como Tucumán, Salta y Jujuy el clima es…

Así, ella salvo la exposición y la profesora se levantó aburrida para anotar un 9 en la libreta de calificaciones de todos, cuando se volvieron a sentar, Isabela ya había empezado a escribir las notas de la clase en su cuaderno.

Cuando sintió una mano apoyarse en su hombro , y se giró para encontrarse con el rostro sonrojado de Liliana, quien le dijo.

—Gracias por salvarme, Isa, siempre puedo confiar en voz.

Luego de decir esto la chica se alejó , Isabela en cambio estaba clavando su lápiz en el cuaderno, estaba mordiendo su labio rosa, su piel pálida estaba roja, pero no de vergüenza si no de furia, tapo su rostro con su cabello negro para que nadie pudiera ver el odio en sus ojos de igual color.

—Mi…nombre…es…Isabela—Murmuró, tratando de recuperar la compostura en cada emoción, no podía hacerle saber a Liliana que le afectaba que le llamara con apodos cuando ella había dejado claro el primer día de clases que quería que la llamaran con su nombre completo. No podía dejar que viera que se dejaba llevar por sus emociones ante algo tan estúpido.

Así que guardo su odio en su pecho, y forzó una sonrisa en su rostro, así siguió el resto de las clases. Respondiendo todas las preguntas de los profesores, y ayudado a limpiar las pizarras cuando fuera necesario.

Al final del día escolar se subió al transporte del colegio, y después de media de hora llego a la puerta de la casa de su madre, donde anoche habría preparado todo su cuarto para poder hacer sus tareas, y practicar para su taller de violín.

En realidad no le molestaba para nada tener que mover sus cosas cada semana de la casa de su madre a la de su padre, y viceversa. Así que simplemente seguía a donde ellos la llevaran.

Abrió el portón de su casa, con la llave que llevaba colgada en su cuello, y entro a la enorme casa, que su padre habia tenido que dejarle a su madre luego del divorcio, para ser recibida por inusuales sonidos.

Normalmente era recibida por el puro silencio, su madre era una guionista de un programa muy conocido en Argentina, así que siempre estaba en su oficina escribiendo o respondiendo llamadas. Pero hoy parecía estar hablando con alguien en la sala.

Confundida la adolescente camino hacia  la sala , cruzando las puertas abiertas de la misma para encontrarse con su madre y su abuelo. Isabela solo tenía un abuelo, los padres de su madre murieron cuando ella era una bebe al igual que la madre de su padre, así que solo quedaba su abuelo Francisco. Al cual solo veía en su cumpleaños, y faltaban tres meses para eso.

—Oh, hija—Dijo su madre, mirándola con los ojos como platos.

—Hola, querida mía—Dijo su abuelo, para luego acomodar sus enormes anteojos, como siempre el anciano tenía sus cabellos blancos peinados hacia atrás, vestía unos pantalones de vestir y un chaleco verde arriba de una camisa azul, tenía un reloj demasiado grande en su mano izquierda.

—Hola—Respondió simplemente la adolecente, mirándolos a ambos uno a la vez.

—Vine a decirte—Dijo el anciano, pero la mujer lo interrumpió.

—No tienes que ir si no quieres, cariño.

—¿Ir a dónde?—Preguntó la chica de largo pelo negro.

—Conmigo a la casa de campo por el resto de la semana, tu madre  me conto cuanto estudias y te dedicas al violín, y yo sigo trabajando en el hospital, creo que nos vendría bien un descanso—Dijo el hombre, acercándose a su nieta para acariciar la mejilla de la chica, quien negó el contacto alejándose.

—¿De la nada quieres que vayamos a esa casa vieja? No me llevas ahí desde que mis padres se divorciaron, nunca me visitas, ¿Por qué tienes este repentino interés en mí?

—No me quedan muchos años querida.

Isabela miro a su madre buscando un escape, pero la mujer solo se encogió de hombros, al ver que no tenía salida, y que estaba empezando a perder el control de su paciencia al verse sin otra opción, la adolescente simplemente salió de la habitación para subir corriendo las escaleras hacia su habitación.

***

Y así termino acostada en la parte de atrás del auto, perdiendo toda una tarde  mientras su abuelo manejaba como caracol por  la ruta. Le había preguntado quince veces lo mismo, y esas quince veces había recibido la misma respuesta.

—¿Cuánto falta?

—No mucho cariño.

Hasta que se cansó y simplemente se durmió, con los pies apoyados contra el asiento de conductor.

Sus sueños estaban llenos de flores blancas, que flotaban sobre ella en un círculo, pero siempre que intentaba mirar el centro todo se volvía borroso, como si necesitaba anteojos para descifrar lo que estaba enfrente de ella.

¿Era un chico?

¿Era un niño?

¿Quiénes eran esas personas que se paseaban en el círculo de flores?

Cuando todo se volvió más claro, abrió sus ojos para encontrarse con el techo polvoriento del auto, las flores blancas ya no estaban dando vueltas en un círculo.

—Ya llegamos, cariño—Dijo su abuelo antes de poner el freno de mano, y bajarse del auto.

Le costó un poco a Isabela  sentarse en el auto, desenredar sus piernas que por algún motivo estaban acalambradas. Salió del auto, y se encontró con su infancia como una mujer.

Era una casa que en realidad era una mansión, pero por algún momento su abuelo siempre decía casa. Tres pisos con una terraza donde había una pileta. Desde afuera era una casa de maderas blancas , puerta y ventanas azules, un porche donde había un enorme asiento colgado por cadenas donde Isabela recordaba haber dormido mientras esta se mecía lentamente.

Isabela recordaba jugar a las escondidas con su abuelo, perdiéndose por los largos pasillos, metiéndose en habitaciones de huéspedes y deslizándose debajo de las camas llenas de polvo tapando su boquita con su mano para no hacer ruido cuando el hombre entraba a la habitación y día.

—¿Isa dónde estás?

Y ella solo quería reírse, por el salía de la habitación sin verla, y entonces ella salía de sus escondida corriendo y decía.

—¡Abu, aquí estoy!

Ahora toda la casa parecía polvorienta, los tablones blancos que formaban la casa tenían mancas negras, las ventanas no eran transparentes, tenían manchas de suciedad que ni la mejor lavandina podría tapar, y los colores azules estaban descoloridos.

—Abuelo, ¿No tenías un cuidador que mantenía limpia la casa?—No pudo evitar preguntar la joven.

El anciano rio.

—No pensé que volveríamos a esta casa, cariño.

Entonces el hombro saco las valijas del baúl, y camino hacia adentro de la casa antes de que la chica se ofreciera a ayudarle.

Una vez adentro, los recuerdos de la pelinegra se derrumbaron de nuevo, la casa limpia, con cuadros de flores y enormes espejos, había desaparecido. Los cuadros estaban apoyados en el piso, los espejos tapados con telas blancas. Las puertas transparentes de la cocina estaban cerradas con una llave gruesa.

—¿Al menos preparaste mi habitación?—No puedo evitar preguntar con desdén la joven.

Su abuelo acomodo sus anteojos y asintió, para luego levantar una de sus cejas y mirara con demasiada atención. Ella levanto su valija, y caminó por los pasillos de roble hasta llegar a la larga escalera, al menos ahí las fotos de su familia no habían sido bajadas al suelo.

Mientras subía cada escalón , veía las fotos de sus padres cuando aun estaban juntos, felices con ella en brazos, la foto de sus abuelos por parte de su padre, jóvenes  enfrente de la limpia y nueva casa.

Hasta que llegó al segundo piso, había una sola puerta abierta, todas las demás estaban  cerradas y llenas de manchas de polvo. La muchacha  podía recordar donde dormían sus padres, donde dormía su abuelo, y cuál era su habitación, la única que estaba abierta. Con pasos lentos sintiendo como las maderas del piso de arriba se movían sobre ella camino hacia su habitación, y no era nada como la recordaba.

Había dos paredes pintadas de un morado pálido, y las otras dos blancas. Habían sido pintadas recientemente, porque estaban inmaculadas. Había cuadros de flores colgados en las paredes blancas, y un poster de Ariana grande, que ella no sabia como su abuelo sabía que ella era su artista favorito. La cama pequeña con tul de princesa que ella recordaba había sido cambiada por una queen size, que estaba  rodeado por un dosel de telas blancas transparentes. Al frente de la cama había un tocador con un espejo que ella recordaba que era su favorito, y que originalmente estaba en el primer piso. Era redondo, su alrededor era un dorado oxidado que lo hacía parecer más antiguo de lo que en realidad era, ángeles dorados bailaban alrededor levando flores en sus manos. El espejo había sido cambiado, estaba demasiado limpió. Se sentó en el tocador y sintió como su corazón latía acelerado.

Tenía que disculparse con su abuelo, se había portado demasiado mal en todo el camino de ida hasta la casa e incuso cuando entraron. Ignorándolo, preguntándole si se había preparado para su visita.

Decidida, con la emociones corriendo por su piel, sin poder controlarlas debido a la culpa, salió corriendo de la habitación, haciendo que los tablones crecieran en su camino por los pasillos y bajo las largas escaleras de a dos escalones. Pero cuando llego al primer piso el silencio la dejo sorda.

Confundida, camino por el pasillo hasta llegar a la sala, pero no se encontró con nadie. Inmediatamente sus ojos viajaron a la puerta de la casa, estaba abierta.

¿A dónde se había ido su abuelo?

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2 comentarios sobre “Secretos destruidos: Capítulo uno.

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